
Agua, el placer perdido II
Para mi quinto cumpleaños mi padre, que era un hombre de estatura menor a la media, me regaló una bicicleta inglesa Nº 20, aunque yo era por entonces irremediablemente petizo y no llegaba con los pies al suelo. O tal vez por lo mismo que me compraban la ropa grande para usarla mientras creciera. Así fue que durante los primeros años mi orgullo se satisfacía con mirarla. Dio la casualidad que al llegar a los siete un vecino se ofreció a llevarme a pescar al río Reconquista. El muchachote me auxilió durante todo el recorrido en bicicleta, la de él era Nº 28, y lo recuerdo como un anónimo ángel protector. A la alborada el primer tramo hasta la estación Once, por calles adoquinadas, aún con vacilaciones en las que mi bicicleta caracoleaba, me permitió ¡por fin! sentirse ciclista. Luego viajamos con las bicis en el furgón del tren hasta Moreno. Allí comenzó lo lindo, debíamos pedalear durante 7 u 8 kilómetros por caminos de tierra, hasta superar el pequeño dique del balneario Cascallares, que retenía parte de los peces, para arribar a un tramo entre pajonales apto para la pesca. Sentí al lugar tan virgen como mi experiencia, no recuerdo haber visto allí otras personas. Mi compañero desplegó las líneas como espineles, y nos sentamos a la sombra de los sauces llorones a comer el primero de los sandwiches que llevaba en una canastita de paja prendida del manubrio. El entusiasmado recorría las líneas. Yo disfrutando del buen tiempo en la orilla contemplaba como el agua lodosa de su ropa le importaba menos que el resultado de la pesca. Pero no iba a durar mucho tampoco mi ropa seca, el cielo comenzó a oscurecer y cayó un aguacero de padre y señor nuestro. Terminamos de comer los sandwiches pasados por agua, la pesca reemplazó en la canastita a las provisiones, y nos vimos obligados a emprender el regreso. Si el camino de tierra a la ida me resultó penoso, se imaginan lo que fué a la vuelta convertido en un andurrial. Diez veces al apartarme de la huella caí al barro, y como siempre que llovió paró, al rato de haber iniciado la vuelta, el barro se secó sobre mí como un revoque consistente. En la estación nos lavamos las patas en una canilla y de vuelta al furgón rumbo a la urbe de cemento y a la bañadera donde me sumergió mi madre ipso-pucho. Las peripecias no atemperaron el buen recuerdo de esa aventura, que aún hoy conservo. ¡Quién pudiera volver a vivirla!
Diez años después, volví al río Reconquista con barras estudiantiles o políticas en paseo campestre al balneario Cascallares, donde los nadadores y los no tanto nos refocilabamos. Poco después con un compañero cuyos padres tenían una casita a su vera fuimos a pasar entre varones, la semana de carnaval. Los ejercicios en tierra y en el agua complementaron los anocheceres de interminable conversación, en los que tratabamos de desentrañar los entresijos de la vida.
Por fin, habiéndome yo casado, a mi padre le prestaron un lindo chalet que daba sobre el río, y compartimos con mi esposa y él un fin de semana bucólico. Además de descubrir una forma lenta de nadar, que reemplazaba al braceo agitado, y me permitía prolongar los recorridos, pude solazarme con la contemplación:
El Arroyo Reconquista
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Este es un río,
que en su cauce inundado de flores marchitas
arrastra un trozo de tierra hacia el mar.
Sobre la velada superficie
los rayos yertos de la aurora
son creadores de inmemorial espejo,
destrozado y deshecho,
por soplos fugaces
por el lecho fangoso,
deshecha a la vez nuestra imagen
repleta de vientos y de aromas
salpicada por burbujas huidizas
alcanzando con ellas las estrellas.
Eternamente prisioneros
del cristal impuro
irisado en círculos perfectos.
Eternamente alejados de la perfección.
Vano y ligero ensoñamiento
hijos del agua y de la tierra.
Siempre conservé la esperanza de heredar la talla de otros familiares. Satisfaciendo un anhelo probable pero dudoso, en la adolescencia superé a mi padre en dos palmos Y también me hubiera gustado seguir gozando del río Reconquista. En los cincuenta años transcurridos se transformó en una cloaca maloliente que solo refleja en la superficie aceitosa un negro porvenir.