LA AMISTAD DEL AJUSTADOR Y EL JOVEN TECNICO
Fue el más extraordinario ajustador mecánico que conocí, y uno de los mejores tipos.
Ajustador es quién termina los trabajos para que cumplan con eficiencia su función.
Un matricero puede ser ajustador, pero puede no serlo, porque se vale de máquinas herramientas y el ajustador domina también las herramientas de mano. Un soldador experto puede ser o no ser ajustador, pero un ajustador suele ser también un magnífico soldador. En fin, el ajustador es el operario más calificado de un taller mecánico general, algo muy diferente a lo que vulgarmente conocemos como taller mecánico, el lugar donde se cambian repuestos a los autos.
Vayamos por partes.
I
Un montón de anécdotas
A los 18 años terminé
Como había trabajado, mientras estudiaba, con una persona que llevaba la contabilidad de joyeros talleristas, se me ocurrió dedicarme a recuperar los metales preciosos de los residuos de esa fabricación, incluso del barrido del piso de los talleres.
Me iba regular, una porque no tenía horno de fundición para los barridos, los dueños de los hornos se quedaban con la parte del león, y otra porque era muy tiernito, carecía de picardía comercial, y en vez de sisarle una parte de los metales preciosos a los joyeros, me robaban a mí. Pero esa es historia de otro costal que algún día narraré.
Urgido por la necesidad y a la espera de algo más afín a mis estudios, conseguí emplearme como cuentacorrentista en una casa importadora de té Inglés.
Al par de meses, me enteré que la fábrica de tintas y productos afines “Pelikan” solicitaba Técnicos Químicos, me tomaron volando, por lo que dejé las transitorias cuentas corrientes.
A ellos los Técnicos Químicos les resultaban baratos, los usaban para capatacear, o para peonar, en las líneas que fabricaban una multitud de productos. Pero les prohibían la entrada al laboratorio, reino de un alemán y su “ayudante” femenina. Sólo él atesoraba las fórmulas “secretas” de los productos. Desconocíamos hasta con que materias primas trabajábamos, designadas con letras y números indescifrables, por ejemplo B 27 ó C 2014.
Cierto día, en el que me tuvo por horas tirado en el suelo raspando el cemento pegado a un molino para óleos y témperas, me saqué el delantal gris, el de él era blanco, y se lo tiré a la cara.
Un muchacho que había trabajado como ayudante de laboratorio me recomendó a “Lockwood”, asesores para el tratamiento de aguas.
La jefa de laboratorio era una rusa, que conocía las técnicas de análisis que usaba la empresa. Se había fugado de la entonces Armenia Soviética con su marido, reputado ingeniero que allí encabezaba
Me tenía prohibido realizar tareas que ella no ordenara.
Una tarde faltó y uno de los promotores necesitaba analizar una muestra de agua, la técnica no ofrecía dificultades y poco después le comuniqué los resultados.
Al día siguiente la rusa puso el grito en el cielo y durante un tiempo me relegó a lavar cuidadosamente, aún recuerdo los tres enjuagues con agua desmineralizada , el material de vidrio empleado en los análisis.
Para mejorar el concepto que tenía de ella, cuando se enteró que mis abuelos habían emigrado de Rusia antes del centenario, me obsequió una perorata, según la cual mis abuelos pertenecían a la categoría de inmigrantes semiletrados corridos por la miseria, mientras ella y su esposo, respetables profesionales, eran refugiados políticos.
Llegó el verano y se acortaron las mangas de nuestros delantales, la rusa aprovechaba para acariciarme los brazos. Además, no dejaba de hacerme saber que su marido miraba con buenos ojos el desarrollo de nuestra amistad y que sería muy agradable encontrarnos para charlar. Yo me hacía el boludo. Para mí era una vieja fea y huesuda que me llevaba más de treinta años.
Me llamó el Jefe de Personal, Mr. Martin, la rusa no estaba conforme con su ayudante. Procuré explicarle la situación, él ya la conocía. Me pagaron la indeminización, y me rajé a a Mar del Plata, extrañaba a mi vieja que estaba trabajando en el hotel de mi abuelo.
A la vuelta de las vacaciones me presenté a una fábrica en San Justo que solicitaba Técnico Químico.
Quizás porque el lugar quedaba lejos, sólo nos habíamos acercado dos postulantes y el otro parecía medio papa frita. Durante la espera, traté de sonsacar a los porteros algunos datos acerca de la fábrica, para enfrentar la entrevista con ventaja. Me favoreció que el director general estuviera muy atareado y no pudiera atendernos, debíamos regresar al día siguiente. Salí rajando y durante varias horas me zambullí en la biblioteca de
Durante nuestra conversación el director se manifestó gratamente impresionado por mis conocimientos sobre la industria aceitera.
II
La amistad
Allí me hice amigo del mecánico ajustador y factotum imprescindible para el funcionamiento de las maquinarias. Pero como él decía, regían convenios colectivos de trabajo y ganaba casi lo mismo que los peones, a los que les había enseñado el oficio. Emprendía reparaciones muy dificiles, las empresas especializadas externas resultaban mucho más caras, y el trabajo de Humberto era rápido, racional, duradero, pese a lo cual nunca recibió una gratificación, ni un aumento de sueldo.
Esa situación lo mortificaba, pero se había resignado. Le seguía enseñando a todo el personal del taller y ante cada desperfecto importante se desvelaba hasta darle solución.
Los mecánicos pasaban de las salas de prensas continuas que trabajaban a 50 o 60 grados, a los patios, o al extractor por solvente, apenas un cobertizo con paredes donde soplaba el viento. Los resfríos estaban a la orden del día, y Humberto se acercaba a los cincuenta y cinco años.
En el laboratorio yo era amo y señor, el Director que cumplía rigurosamente sus funciones no era mal hombre, cuando comprobó que los análisis de rutina necesarios para ajustar los tiempos y rendimientos, se realizaban con rapidez, me dió plenos poderes.
Preparaba té caliente, para los que sentían frío, entraban al laboratorio por un minuto sin perjudicar sus tareas.
Humberto era mi principal invitado, me lo recompensaba recitando estrofas de Dante y los dos nos sentíamos en nuestra salsa.
Elegí para ayudante a un obrero entrerriano muy inteligente, capaz de aprender los análisis de rutina y hasta calcular los resultados, Humberto simpatizó con mi elección. Los fines de semana nos invitaba a su casita de Haedo. Baigorria, mi ayudante, rasgueaba en la guitarra temas criollos, valsecitos, cuecas, zambas. Humberto tocaba temas clásicos de Zarasate, Monti, Tárraga. Cuando estaba inspirado cambiaba la guitarra por el violín e interpretaba a Schuman, Mozart,o aires de opera. Yo recitaba a Neruda, Pedroni, Gustavo Riccio, Almafuerte, o mis primeros intentos poéticos.
Su mujer se mantenía ajena, sólo participaba acercando algunas viandas.
La había conocido en una de las salas de baile del Parque Japonés.
Cuando nos quedábamos solos se lamentaba:- Si tuviera que viajar a Italia ¿cómo podría presentarle esta mujer a mi familia?
Yo le pasaba diarios y revistas políticas de izquierda, Humberto los leía pero nunca me manifestó su acuerdo, debía apreciar, con razón, la mejora experimentada por los trabajadores durante las primeras presidencias de Perón.
Disculpaba su indiferencia ante mi fervor, señalando que genéricamente los de su familia, carecían de una gran inteligencia, no entendían de teorizaciones, sólo valían para el trabajo práctico.
Lo desmentía la gruesa libreta de hule en la que había recopilado fórmulas, una especie del manual del ajustador mecánico sin cálculo infinitesimal ni álgebra superior.
Cuando triunfó
Yo lideraba, de motu propio, las reuniones realizadas en casas de obreros para organizar el reclamo por la libertad de los delegados de
Los marinos a cargo de la zona convocaron a todo el personal en la misma fábrica. Se hicieron presentes armados y luego de su largo espiche, dejaron espacio para las preguntas y las opiniones, los obreros estaban atemorizados. Yo intenté tomar la palabra pero el Director me interrumpió: -Ud. es personal directivo, no puede hablar por los trabajadores.- Protesté:- si
El Director General me citó en su escritorio, tenía un entripado con algunos delegados a los que esperaba despedir sin indeminización, y mi participación lo contradecía.
-¿Cuánto gana Ud.?
-Mil seiscientos pesos mensuales.
-Le vamos a subir a dos mil quinientos, siempre y cuando no converse más con el personal obrero, buenos días, buenas tardes y nada más. Ni reuniones en el laboratorio, ni té, ni café con leche, ni nada.
Yo también fui jóven. Algún día se va a dar cuenta que lo están usando.
-Mire, aprecio este empleo y el trabajo que se realiza, pero no tengo cara para cambiar mi actitud con la gente.
Así no podemos seguir.
No se animaba a echarme por las posibles repercusiones, pero tarde o temprano lo iba a hacer.
-Doctor le propongo un trato, me pagan cinco mil pesos y les preparo a Baigorria para hacer todos los análisis de rutina, los extraordinarios pueden mandarlos afuera . Usted es químico y se dará cuenta si se presenta alguna anormalidad en los reactivos o instrumentos de medida.
Dicho y hecho, a los quince días abandonaba la fábrica con los cinco mil mangos en el bolsillo.
Un año después cuando estaba por casarme, una mañana de domingo me sorprendió, en la casa de mi vieja, una delegación de obreros de la fábrica que me traía como regalo una olla a presión.
III
La duda
Para rebuscarme el puchero vendí muñecos y otras chucherías a las casas de artículos para bebé, luego ayudado por mi mujer comenzamos a fabricar forros de polietileno para cuadernos escolares. Durante casi un año trabajé como químico en una fábrica de galalita, primitivo plástico para botones a base de caseina y formol. Hasta que me vinieron a buscar para reinstalar la refinería de una antigua fábrica de aceite.
Fue un trabajo abrumador, los que la habían adquirido, no querían invertir más dinero. Nos vimos obligados a usar hierros y caños viejos que comprábamos en los cambalaches, Durante el día atendíamos la reinstalación y por la noche con mi compañero, un ex jefe de turno de la refinería, desarmábamos y limpiábamos los caños viejos que se emplearían durante el trabajo diurno.
Así hasta que conseguimos ponerla en funcionamiento. Cuando comenzamos a respirar tranquilos ¡Zas! se fisura el cigüeñal de la bomba de vacío principal, una bomba de doble efecto con un cigüenal con seis o siete bancadas que medía como tres metros de largo. Nos sumimos en ideas de fracaso.
¿Quién nos podía salvar? Humberto, jubilado de mago. Cayó bien temprano con su prodigiosa valijita gastada, repleta de herramientas y la libreta con tapas de hule. Lo dejamos solo, tranquilo.
Desarmó la bomba, recortó amianto para no rayar el cigüeñal con las morsas, solo tuvimos que ayudarlo a moverlo porque debía pesar como doscientos kilos, lo cortó en la zona de la fisura, lo soldó con un pequeño transformador, no disponíamos ni de un torno grande para colocar el cigüeñal entre puntas, ni de una soldadora rotativa. La cosa es que a la noche la refinería entró de nuevo en funcionamiento, la bomba funcionaba y no sentíamos ningún golpeteo atribuible a la reparación.
Meses después durante una parada de revisión, mandamos a medir la desviación entre los extremos del cigüeñal ¡ Menos de dos décimos de milímetro en tres metros! Humberto hasta había conseguido compensar las deformaciones producidas por el calor de la soldadura.
Yo lo seguí visitando. En un galponcito de dos por tres del fondo de su casa, se dedicaba a perfeccionar matrices para las primeras vajillas de acero inoxidable argentinas. El equipamiento que ví me hizo dudar, unas rasquetitas, la piedra esmeril y nada más. Al poco tiempo me regalo una plancha para bifes fabricada con esas matrices.
Me mudé a Mar del Plata, con mi compañero transformado en socio, compramos una muy pequeña refinería, que había importado Dreyfus, para aceite de pescado, nunca puesta en marcha. Humberto nos dió una mano para el ajuste de los mecanismos más complicados.
A un gallego, inmigrante reciente, que nos secundaba, le aconsejó que así como nosotros habíamos obtenido ganancias de la anterior instalación, él debía obtenerlas en ésta. No me gustó ni la batida del gallego, ni el consejo. Pensé en el resentimiento de Humberto, lo mal que habían retribuido su extraordinaria habilidad, y que por un motivo u otro, terminaba siendo menos amigo de lo que yo creía. Pero estaba equivocado.
Con los pesos que había cobrado por las matrices se dio el gusto de su vida, una “máquina italiana”, una moto Gilera. A treinta kilómetros por hora como máximo, iba a entregar los trabajos que le encargaban.
Lo atropelló un camión en
Poco tiempo después, su hijo Rafaelito de 17 años, que había terminado cuarto año del Industrial, vino a vivir a Mar del Plata con nosotros, pues lo prefería a seguir viviendo con la madre. Al morir, Humberto me había dado la mejor prueba de amistad, me había confiado a su hijo.
1 comentario:
Me gustaron mucho las historias que elegiste compartir, porque tienen mucho que ver con lo que me pasa a mí ahora, salvando la distancia.
Estoy segura de que en las primeras experiencias laborales uno se prueba a sí mismo en varios escenarios hasta que aparece "ese" proyecto, que se elige con el corazón.
Un beso grande.
Abi
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