jueves, 27 de diciembre de 2007














LEALTAD A LA REDONDA

¿Por qué consideré al “Indio”, durante tantos años, el mejor amigo de mi niñez, si la relación fue acotada, al punto que nunca conocí la casa donde vivía?

Era flaco, relativamente alto, morocho, de cabellos lacios retintos y ojos achinados;
pertenecía a una familia alemana, único varón entre varias hermanas y el menor de todos.

Coincidió nuestra amistad con el periodo más feliz de la infancia, al que contribuyó el afecto. Sentirme apreciado por algunos compañeros de la escuela, o mis amigos en los juegos de la plaza.

Fue aquel en el que vivimos en una enorme casa de ciento veinte departamentos, cercana a la Plaza Lavalle. El Indio coincidía en ambos lugares; en la escuela, donde yo me sentaba más adelante y el dos o tres bancos hacia atrás para alejarse de la atención del maestro, porque era más vago, aunque despierto e inteligente; y en la tercera manzana de la Plaza, ex quinta de los Dorrego, donde nos dedicábamos casi con exclusividad a jugar a la pelota en una callecita interior, estacionamiento de pocos autos y pasaje aún de menos.

A otros compañeros de la escuela había que ir a visitarlos a la casa, donde la presencia de mayores me inhibían. Además el “Indio” era un crack, la llevaba pegada al pié y nadie se la podía sacar, en aquel tiempo hacerle foul a un habilidoso era mal mirado, y el “Indio” lucía pero no se burlaba de nadie. En los picados cuando hacía mita y mita, ahora se llama pan y queso, siempre me elegía a mi primero, aunque yo era medio patadura. A los nueve años me había fracturado una pierna y tardé como seis meses en volver a caminar sin renguear. El “Indio prefería un defensor rudo que dejara pasar la pelota pero no el contrario, para poder desentenderse del propio arco y concentrarse en su malabarismo. Me apodó Montañez, sólo se le ocurrían apodos futboleros, porque yo tenía el pelo enrulado y era un negrito retacón como el fullback de Gimnasia, que también raspaba. Mi función culminaba al cortársela al “Indio” para que se la ingeniara hasta llegar a la ciudadela enemiga, señalada con latas, ladrillos, pilchas, los útiles, cualquier cosa que tuviéramos a mano, y si resultaba demasiado fácil, volver hacia atrás para hacer un gol elaborado, los de “chiripa” no se contaban.

Después del almuerzo, íbamos al cole de mañana, apretaba tímidamente el timbre de mi casa y se aparecía con una Pulpo para jugar de cabeza en las amplias veredas de la Avenida Córdoba, el bocho no me lo había fracturado, con la de goma podía hacerle partido, mientras llegaba la hora del picado en la Plaza.

Yo era fana de Boca por herencia familiar (de mis tíos maternos) pero nadie me llevaba a la cancha, a los once años una sola vez, después de mucho rogar, me permitieron ir a la Bombonera y disfrute con el 7 a 1 a Ferro, cinco o seis de Sarlanga. Soñaba con la mítica boina blanca de Severino Varela y sus goles de palomita. Lloraba cuando Boca perdía. Pero el Indio era de River y con una barrita iba a ver a la máquina.

Tanto me insistió y tantas ganas tenía yo de ver fútbol, que terminé haciéndome socio de River, la Secretaría quedaba en Suipacha a pocas cuadras de mi casa y costaba solo un peso por mes. Mi corazón siguió xeneize, los que cambiaban de cuadro eran los tembleque, por no decir oportunistas y cagones.

Eso ya fué entre los doce y trece años. Los domingos salíamos a la mañana tempranito, y en el tranvía a Barrancas de Belgrano, sacábamos la bandera por la ventanilla, cinco o seis chiquilines gritaban ¡River! ¡River!, todos menos yo, por lo que en la tribuna lo otros me señalaban y decían : ¡Este es de Boca! Pero los tribuneros que nos rodeaban no le daban bola al adversario enano. Desde Barrancas a patacon por cuadra llegabamos hasta el Monumental. Nos cambiábamos en el vestuario de cadetes, como yo todavía era un pibe que no tenía desarrollo los otros me cargaban, el Indio no dejaba que me mortificaran: -Déjense de joder que éste es más guapo que ustedes, cuando hay que sacar pecho ¿quien lo saca? ¡eh?

En el terreno que estaba detrás del estadio herradura, no existía la tribuna que da al río, entre pozos y restos de materiales de construcción, se armaban los desafíos, o los picados con una Nº 5, y si no encontrábamos rivales, hacíamos jueguito metegolentra, nadie quería ser arquero y la ley era que quien se daba el gusto se jodía, así hasta la extenuación. Entonces volvíamos al vestuario, nos bañábamos, vestíamos y según la situación económica morfábamos el sanguche o la tortilla que traíamos, o en el bufet del club, donde estaban almorzando los jugadores de primera, después de mucho elegir y hacer cuentas, matábamos el hambre con un plato de fideos, lo más barato de la lista.

Veíamos la tercera y la primera, la reserva jugaba los jueves. La tercera con tres centrales bárbaros, Curti, Distéfano y Sabatella, y en la primera la máquina, sin Moreno ni Muñoz que se habían rajado para el exterior, los suplantaban Gallo y Deambrosi , pero todavía seguía siendo la máquina.

A la vuelta la satisfacción y el bochinche impulsaban el tranvía, confieso que hasta alguna vez grité tímidamente River, me había empachado de fútbol.

Ese año terminó la segunda guerra mundial y el Indio mencionó como al pasar, su desprecio por los manifestantes que celebraban la derrota de los nazis. Antes de terminar las clases la familia del Indio se mudó a Palermo. Para no abandonar mi amistad, ni a la pulpo, ni a los picados de la Plaza., varias veces por semana, él se pataconeaba treinta cuadras. Alguna vez alcancé a retribuirle la visita, seguía sin saber donde vivía, nos encontrábamos en los veredones de la Av. Sarmiento linderos al zoológico, los animales no nos miraban y nosotros solo teníamos ojos para la pelota.

El drama se acentuó cuando mis viejos se separaron y abandonamos el barrio. Nunca más volví a ver al Indio.

Veinte años después estaba haciendo cola en la Casa Central del Banco Nación, cuando el cajero

llamó a alguien con el apellido del Indio, se presentó una alemancita petiza y rubiona . Y aunque físicamente nada que ver, no me pude contener: -¿Usted no será parienta del Indio?. –Sí, soy la hermana. –Fuimos compañeros en la escuela primaria, y jugábamos a la pelota juntos. ¿Cómo está el Indio? – Bien, gracias.

Recién entonces caí en la cuenta sobre los motivos, además del fútbol, que nos unieron tanto e hicieron que nos protegiéramos mutuamente. El Indio usaba un maletín viejo de medico. El padre ejerció en la Patagonia. Los dos teníamos orígenes de segunda, él porque era adoptado y aunque lo atendían como a un hijo no dejaba de ser sapo de otro pozo; y yo por el utilitario rigor con el que me “educaba” la vieja, la indiferencia de mi papá atrapado en su mundo, y el antisemitismo latente, más o menos disimulado, incluso de los maestros en la escuela.

Al Indio me hubiera gustado volver a verlo.

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