jueves, 27 de diciembre de 2007



















EL DIBUJANTE DE ONGAMIRA

Nuestro trato fue circunstancial, casi lo había olvidado, pese a tener colgados en mi casa varios de sus cuadros, cuando una comunicación electrónica me hizo reflexionar sobre su vida.

Lo conocí a través de mi tío, que era un busca de buen corazón y por entonces se dedicaba a la compra-venta de antigüedades y obras de arte.

Compartían un departamento por el barrio Norte, en el que mi tío vivía y él utilizaba cuando viajaba a Buenos Aires para vender sus cuadros, carpetas de reproducciones y también los cuadros de otros o antigüedades que compraba.

Esa actividad de mercachifle lo desmerecía a mis ojos a pesar de su prestigio, había obtenido reconocimiento internacional, creo que en la bienal de San Pablo, y el gran premio de la Provincia de Córdoba. Tampoco me tomaba muy en serio a los demás allegados de mi tío, entre los que se encontraba una runfla pintoresca, mezclada con actores y gente que se había hecho de abajo, sin reparar en que yo mismo me sentía atraído por los reos de buen corazón y que para sostener la independencia de mi buena o mala literatura, debía realizar otras tareas.

Le acerqué una obra de teatro, que estaba escribiendo, sobre un joven pintor y sus peripecias para sobrevivir. Su opinión podía ayudarme a superar dudas y a establecer una relación mutua, pero no sucedió ni una cosa ni la otra, evitaba involucrarse con lo ajeno a su mundo, a su interés, más allá del ligero elogio.

Mantener dos familias, la primera con hijos grandes que estudiaban y vivían con la madre, y la segunda con hijos pequeños, lo obligaban a distraerse en negocios de arte.

Lo cierto es que cuando harto de obligaciones decidía entregarse a la pintura, se refugiaba en el paisaje de Ongamira, una pequeña localidad cercana a Capilla del Monte, a la que no había llegado aún el turismo ni la televisión. Su línea de gran dibujante, rescataba criollos de fuertes personalidades, influidos por la actividad que desarrollaban desde añares y no por la moda, recreaba un mundo.

Solo conocí Ongamira a través de sus relatos o su pintura. En casa mi tío colgó el “Estudio de Don Anselmo” y la reproducción dedicada de “El jardinero” pintadas en Ongamira, no se permitió vender las obras obsequiadas por su amigo, y desde entonces convivo con ellas.

Pero la rapacidad humana hay ocasiones en las que no tiene límites. Una empresa minera extranjera quiere instalar una mina de oro a cielo abierto en Ongamira, sin importarle la destrucción del ambiente que ello va a provocar, la enorme contaminación con cianuro que envenenará la tierra y las aguas. A ellos lo único que les interesa es el oro, fetiche de la riqueza. El oro cuyos compuestos tienen escasas aplicaciones prácticas, pero favorece el predominio financiero, la alienación por máximas ganancias, los enormes consumos innecesarios a costa de la destrucción del mundo habitable por el hombre.

Los descendientes de “Don Anselmo” y “El Jardinero” se oponen, no quieren que el oro los obligue a alejarse de Ongamira, destroce la Naturaleza en que se criaron, desgaje sus vidas.

¿Podrán contra la venenosa voluntad minera?

Existe el criterio de que las grandes inversiones extranjeras nos benefician, es dudoso, se llevan mucho más que lo que traen, y a su paso dejan ruinas. El ejemplo de la Forestal y la destrucción de los quebrachales no es el único. La gran concentración de la producción en un lugar es parte de un modelo distorsionante.

Enrique Mónaco, ese gran dibujante, ese pintor, se veía obligado a practicar una dualidad que me

desorientó, que lo obligaba a emplear su tiempo en actividades ajenas a su arte. Para pintar se refugiaba en Ongamira. Prefería inspirarse en modelos naturales, evitando los del sistema que lo hostilizaba.

¿Qué sentiría ante la amenaza a su refugio?

Cada vez quedan menos lugares donde los hacedores se refugien.

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