
COMPOSICION: Los Unicos Privilegiados son algunos niños.
El pelado Collazo de tarde vendía diarios en Esmeralda y Tucumán. Como todos los canillitas peleaba para retirarlos en Crítica, Razón o Noticias Gráficas, y luego se trepaban a los tranvías en marcha para proveer de noticias frescas, cuando no existía la televisión, a la gente que regresaba del trabajo. A su delantal escolar se le notaba mucho la mugre, estaba muy gastado y no se lo planchaban con bastante almidón para que rechazara la mugre. A mí tampoco me lo planchaban con almidón y también tenía que usar el mismo los seis días de la semana, pero como no era tan viejo se le notaba menos. Otros se lo cambiaban todos los días, o al menos dos veces por semana. El pe-lado era buen compañero, yo le tenía lástima y siempre escribía sus composiciones. Primero a él y luego a los dos o tres que no habían llevado el deber, interpretando cada idiosincracia, era una forma de ejercicio de estilo y de manifestar predicamento.
Cuando visitaba a mis compañeros del grado, la presencia de mayores me inhibía. Aún en casa de Guido donde me trataban con familiaridad y hasta nos facilitaron una máquina de escribir y un cuarto, para “editar” una revista en copias carbónicas que llamamos “Aventuras” y vendimos a los parientes. Guido era el editor jefe yo el libretista, para los dibujos contamos con la colaboración de un artista plástico, amigo de las hermanas mayores de Guido, al que un tiempo después ayudamos a reproducir en yeso sus esculturas, con lo que obtenía algún ingreso en las fiestas de fin de año. Nosotros lijábamos los rebordes y a lo sumo aplicábamos la pintura base, él había preparado los moldes de latex, unía las diversas partes, las pintaba y terminaba. Me gustaban mucho esas esculturas y simpatizaba con el autor, hasta juraría que hubiera ido a ayudarlo gratis, sin las monedas de retribución.
Callejeamos bastante con Guido . Recuerdo una exposición de dibujos, realizados por niños, sobre los horrores de la guerra, que se exponía en una escuela por Av. Entre Ríos y Constitución, o Pavón. Los paseos de la infancia se realizaban a pié, para ahorrar en transporte. Durante el trayecto Guido, cuya familia era más liberal y estaba más ideológizada que la mía, me alertó sobre los funestos propósitos de la
expropiación de los colectivos a sus propietarios-conductores. Nos sentimos agraviados por espíritu de justicia, aunque no usáramos el colectivo.
¡De cuántos temas habremos hablado en las interminables caminatas! Los mandados eran otra oportunidad para gozar de la libertad de la calle, nos atrasaban las inevitables paradas en los negocios de aeromodelismo, entonces en boga. Guido era un entusiasta de los avioncitos de madera balsa en los que invertía sus ahorros, y trató de interesarme sin resultado, yo prefería los veleros que navegaban en la fuente de Plaza Francia, ¿pero conque? ni para una cosa ni para la otra.
Y ahí no terminaba la relación, su indiferencia por la pelota, hubiera pasado, pero le birlaba a su hermano mayor revistas pornográficas, con las que se encerraba en el baño para masturbarse delante mío.
Mi sentido del sexo era más personal. Desde siempre experimenté una atracción por las mujeres adultas. Recuerdo que de muy pequeño, tres o cuatro años, cuando me quedaba a dormir en casa de la abuela y compartía la cama con las hermanas de mi madre, jugaba muy entusiasmado a acariciarles lo que tenían de mujer, quizás en
forma poco perceptible porque nunca dieron señales de despertarse. Más adelante, cuando nos visitaban unas tejedoras, confeccionaban gorros de crochet que vendía mi mamá, percibía el olor de su sexo, los demás parecían no sentirlo, y me ponía rojo como un tomate, todo muy secreto, nunca lo comenté con nadie, pero esperaba que volvieran para oler con fruición.
Los padres de Rosenfeld hacía pocos años que habían conseguido refugio en la argentina huyendo de la persecución de Hitler. En su casa disponíamos de hermosos pisos encerados para jugar al fútbol con once botones, pintados con los colores de las camisetas, que patinaban con ayuda de otro botón para pegarle a uno más chico que hacía de pelota. Podíamos jugar durante horas, nadie nos interrumpía con cosas de grandes, los padres estaban ausentes atendiendo sus ocupaciones, y la mujer de servicio obligada por tanta pulcritud se desentendía de nosotros.
Lo invité a visitarme, pero en mi casa no podíamos jugar tranquilos, mi hermanita se cruzaba a cada momento y mi vieja protestaba porque le rayábamos el piso.
En los bancos de símil mármol pulido de la Plaza, los muchachos más grandes jugaban al fútbol con botones por plata, cinco centavos el gol, pero nos trataban como a pendejos inferiores. En mi concepto con los cinco guitas no se jugaba.
Sin embargo allí conocí a Horacio Scolnik, que se pasaba toda la tarde hasta la noche en la segunda manzana de la Plaza con ellos, aunque era menor que yo. La parálisis infantil le había afectado una pierna, en los picados jugaba de arquero, y tenía un arrojo! Se tiraba sobre la pelota como una bolsa de papas, no le importaban los golpes. Después que me mudé nos seguimos encontrando para ir a la cancha. Justamente a la salida del Monumental en un clásico Boca-River, levanté el alambre de púas para ayudarlo a pasar, cuando un pibe desconocido sacudió el alambre y se lo encajó en la pierna enferma, él acostumbrado al sufrimiento, no dijo nada, pero yo me fui encima del malvado madrugador. Al agresor no lo vi más, me quedó el ojo en compota.
De Horacio supe que alcanzó a recibirse de médico y a especializarse en psiquiatría, murió demasiado jóven.
Calvete sobrino nieto de Juan B. Justo, era muy reservado y no se daba con casi nadie.
Conmigo se llevaba bien, me venía a buscar y hablábamos de libros o de otras cosas, sentados al sol en la Plaza o en los umbrales, pero no jugábamos, ni realizábamos actividad alguna. Para su cumpleaños nos llevaron a una quinta de varias hectáreas, fue la única vez que lo vi correr. A los brindis insistieron para que yo dijera unas palabras, con el antecedente de haber participado en los actos patrióticos, el espiche los hizo reír.
Mi mamá decidió mandarme a la Escuela Industrial, el papá de Calvete se tomó la molestia de comunicarse para sugerirle que era conveniente mandarme al Nacional, no prefijar mi camino y que continuara como compañero de su hijo, pero quien la convencía a mi vieja, y con Calvete no teníamos mucho en común.
Recién volví a encontrarlo en la revisación médica previa al servicio militar, se hizo el sota, me pareció afeminado.
En lo de Soulés, un palacete con enorme jardín al fondo, podíamos patear todo lo que quisiéramos, luego nos servían una riquísima merienda durante la cual se hacía presente la madre, una elegante mujer amable y delicada. Tanta elegancia y delicadeza, tal abundancia en la merienda y en el servicio de mesa, me obligaban a manifestarme como el pibe que todos los días se pasaba un par de horas en la biblioteca Popular de Municipio Bernardino Rivadavia, o en la sala infantil de la del Palacio Pizzurno, y esa personalidad prefería guardarla para mí.
También la familia de Soulés le sugirió a mi vieja que no me mandara a una escuela tan lejana. Habíamos rendido juntos en el Otto Krausse, y por puntaje me correspondía el Industrial de Barracas, él tampoco había entrado al Krausse. La familia lo inscribió en un Incorporado céntrico y prometió conseguirme una beca, me ilusioné. Mi vieja no quiso, Barracas era una obligación que había conquistado y no teníamos necesidad de favores.
Soulés llegaba a la escuela caminando, no era de esos pitucos a los que traían en auto con chofer, acompañados de una joven “miss” sobre la que inventaban fantasías no aptas para las composiciones. Y se llevaban a todos por delante con el beneplácito obsecuente de maestros, temerosos de sus influencias. Por cualquier cosa te puteaban. A la vieja que no me la tocaran, les pegaba un bollo entre los dos apellidos
y que se fueran a quejar al Presidente de la República, o al Jockey Club. En mi cuaderno estampaban el sello AMONESTADO y en manuscrito: por agredir a un compañero.
Casualmente un amigo por esos años, al estilo del “personaje inolvidable de Selecciones”, fue el viejito bibliotecario de la Bernardino Rivadavia, que me aconsejaba lo que leer y escuchaba mis comentarios. Siempre ceremonioso, cuando volvía a la biblioteca después de varios días se interesaba por el motivo de mi ausencia. Ese trato delicado hacía que prefiriera esa biblioteca a la del Palacio Pizzurno, en la que cuidaban los libros pero ignoraban a los lectores.
Como correspondía a una escuela símbolo, construida con columnas monolíticas de granito en homenaje al General del Desierto, que conquistó millones de hectáreas para los de su clase y se transformó él mismo en un gran terrateniente, la despedida de los egresados se programó con bombos y platillos, paseo a un recreo-restaurante delTigre.
Que fueran los que pudieran pagarlo. Diez pesos de 1944, cuando el diario costaba diez centavos y un albañil ganaba cinco pesos por día. Yo soñaba con conocer esos riachos loados por Marcos Sastre en el Temple Argentino. Durante meses eché en el buzoncito de la alcancía cuanta moneda caía a mis manos. Pero el cartero había retirado toda la correspondencia. Mi viejo encontró recursos para cigarrillos después de escolasearse hasta su último mango. En los parques de la ciudad confraternizaban los egresados de escuelas menos monumentales. ¿A quién podía quejarme? De los cuarenta del grado, diecisiete consiguieron disfrutar del Tigre.
Y el maestro que tanto apreciaba mis composiciones, me las hacía leer a las autoridades que visitaban el aula, se abstuvo de contradecir a mi madre sobre la escuela secundaria que me convenía. Como el ingreso al Industrial era muy disputado,
aprovechó la oportunidad de engrosar con uno más el curso pago que dictaba en su casa durante el verano. Cada uno se la rebuscaba como podía y a falta de aguinaldo...
Desde el Centro fui a parar a Barracas.
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