miércoles, 6 de agosto de 2008

LA AMISTAD DEL AJUSTADOR Y EL JOVEN TECNICO

Fue el más extraordinario ajustador mecánico que conocí, y uno de los mejores tipos.

Ajustador es quién termina los trabajos para que cumplan con eficiencia su función.

Un matricero puede ser ajustador, pero puede no serlo, porque se vale de máquinas herramientas y el ajustador domina también las herramientas de mano. Un soldador experto puede ser o no ser ajustador, pero un ajustador suele ser también un magnífico soldador. En fin, el ajustador es el operario más calificado de un taller mecánico general, algo muy diferente a lo que vulgarmente conocemos como taller mecánico, el lugar donde se cambian repuestos a los autos.

Vayamos por partes.

I

Un montón de anécdotas

A los 18 años terminé la Escuela Industrial y me entregaron el título de Técnico Químico.

Como había trabajado, mientras estudiaba, con una persona que llevaba la contabilidad de joyeros talleristas, se me ocurrió dedicarme a recuperar los metales preciosos de los residuos de esa fabricación, incluso del barrido del piso de los talleres.

Me iba regular, una porque no tenía horno de fundición para los barridos, los dueños de los hornos se quedaban con la parte del león, y otra porque era muy tiernito, carecía de picardía comercial, y en vez de sisarle una parte de los metales preciosos a los joyeros, me robaban a mí. Pero esa es historia de otro costal que algún día narraré.

Urgido por la necesidad y a la espera de algo más afín a mis estudios, conseguí emplearme como cuentacorrentista en una casa importadora de té Inglés.

Al par de meses, me enteré que la fábrica de tintas y productos afines “Pelikan” solicitaba Técnicos Químicos, me tomaron volando, por lo que dejé las transitorias cuentas corrientes.

A ellos los Técnicos Químicos les resultaban baratos, los usaban para capatacear, o para peonar, en las líneas que fabricaban una multitud de productos. Pero les prohibían la entrada al laboratorio, reino de un alemán y su “ayudante” femenina. Sólo él atesoraba las fórmulas “secretas” de los productos. Desconocíamos hasta con que materias primas trabajábamos, designadas con letras y números indescifrables, por ejemplo B 27 ó C 2014.

Cierto día, en el que me tuvo por horas tirado en el suelo raspando el cemento pegado a un molino para óleos y témperas, me saqué el delantal gris, el de él era blanco, y se lo tiré a la cara.

Un muchacho que había trabajado como ayudante de laboratorio me recomendó a “Lockwood”, asesores para el tratamiento de aguas.

La jefa de laboratorio era una rusa, que conocía las técnicas de análisis que usaba la empresa. Se había fugado de la entonces Armenia Soviética con su marido, reputado ingeniero que allí encabezaba la Dirección de Aguas. En Lockwood cuidaban al ingeniero como a su bien más preciado, y extendían un manto piadoso sobre los caprichos de la mujer, entre ellos cambiar continuamente de ayudantes.

Me tenía prohibido realizar tareas que ella no ordenara.

Una tarde faltó y uno de los promotores necesitaba analizar una muestra de agua, la técnica no ofrecía dificultades y poco después le comuniqué los resultados.

Al día siguiente la rusa puso el grito en el cielo y durante un tiempo me relegó a lavar cuidadosamente, aún recuerdo los tres enjuagues con agua desmineralizada , el material de vidrio empleado en los análisis.

Para mejorar el concepto que tenía de ella, cuando se enteró que mis abuelos habían emigrado de Rusia antes del centenario, me obsequió una perorata, según la cual mis abuelos pertenecían a la categoría de inmigrantes semiletrados corridos por la miseria, mientras ella y su esposo, respetables profesionales, eran refugiados políticos.

Llegó el verano y se acortaron las mangas de nuestros delantales, la rusa aprovechaba para acariciarme los brazos. Además, no dejaba de hacerme saber que su marido miraba con buenos ojos el desarrollo de nuestra amistad y que sería muy agradable encontrarnos para charlar. Yo me hacía el boludo. Para mí era una vieja fea y huesuda que me llevaba más de treinta años.

Me llamó el Jefe de Personal, Mr. Martin, la rusa no estaba conforme con su ayudante. Procuré explicarle la situación, él ya la conocía. Me pagaron la indeminización, y me rajé a a Mar del Plata, extrañaba a mi vieja que estaba trabajando en el hotel de mi abuelo.

A la vuelta de las vacaciones me presenté a una fábrica en San Justo que solicitaba Técnico Químico.

Quizás porque el lugar quedaba lejos, sólo nos habíamos acercado dos postulantes y el otro parecía medio papa frita. Durante la espera, traté de sonsacar a los porteros algunos datos acerca de la fábrica, para enfrentar la entrevista con ventaja. Me favoreció que el director general estuviera muy atareado y no pudiera atendernos, debíamos regresar al día siguiente. Salí rajando y durante varias horas me zambullí en la biblioteca de la Asociación Química.

Durante nuestra conversación el director se manifestó gratamente impresionado por mis conocimientos sobre la industria aceitera.

II

La amistad

Allí me hice amigo del mecánico ajustador y factotum imprescindible para el funcionamiento de las maquinarias. Pero como él decía, regían convenios colectivos de trabajo y ganaba casi lo mismo que los peones, a los que les había enseñado el oficio. Emprendía reparaciones muy dificiles, las empresas especializadas externas resultaban mucho más caras, y el trabajo de Humberto era rápido, racional, duradero, pese a lo cual nunca recibió una gratificación, ni un aumento de sueldo.

Esa situación lo mortificaba, pero se había resignado. Le seguía enseñando a todo el personal del taller y ante cada desperfecto importante se desvelaba hasta darle solución.

Los mecánicos pasaban de las salas de prensas continuas que trabajaban a 50 o 60 grados, a los patios, o al extractor por solvente, apenas un cobertizo con paredes donde soplaba el viento. Los resfríos estaban a la orden del día, y Humberto se acercaba a los cincuenta y cinco años.

En el laboratorio yo era amo y señor, el Director que cumplía rigurosamente sus funciones no era mal hombre, cuando comprobó que los análisis de rutina necesarios para ajustar los tiempos y rendimientos, se realizaban con rapidez, me dió plenos poderes.

Preparaba té caliente, para los que sentían frío, entraban al laboratorio por un minuto sin perjudicar sus tareas.

Humberto era mi principal invitado, me lo recompensaba recitando estrofas de Dante y los dos nos sentíamos en nuestra salsa.

Elegí para ayudante a un obrero entrerriano muy inteligente, capaz de aprender los análisis de rutina y hasta calcular los resultados, Humberto simpatizó con mi elección. Los fines de semana nos invitaba a su casita de Haedo. Baigorria, mi ayudante, rasgueaba en la guitarra temas criollos, valsecitos, cuecas, zambas. Humberto tocaba temas clásicos de Zarasate, Monti, Tárraga. Cuando estaba inspirado cambiaba la guitarra por el violín e interpretaba a Schuman, Mozart,o aires de opera. Yo recitaba a Neruda, Pedroni, Gustavo Riccio, Almafuerte, o mis primeros intentos poéticos.

Su mujer se mantenía ajena, sólo participaba acercando algunas viandas.

La había conocido en una de las salas de baile del Parque Japonés.

Cuando nos quedábamos solos se lamentaba:- Si tuviera que viajar a Italia ¿cómo podría presentarle esta mujer a mi familia?

Yo le pasaba diarios y revistas políticas de izquierda, Humberto los leía pero nunca me manifestó su acuerdo, debía apreciar, con razón, la mejora experimentada por los trabajadores durante las primeras presidencias de Perón.

Disculpaba su indiferencia ante mi fervor, señalando que genéricamente los de su familia, carecían de una gran inteligencia, no entendían de teorizaciones, sólo valían para el trabajo práctico.

Lo desmentía la gruesa libreta de hule en la que había recopilado fórmulas, una especie del manual del ajustador mecánico sin cálculo infinitesimal ni álgebra superior.

Cuando triunfó la Revolución Libertadora llevaron presos a los miembros de la Comisión Interna.

Yo lideraba, de motu propio, las reuniones realizadas en casas de obreros para organizar el reclamo por la libertad de los delegados de la Matanza. Algunos habrían abusado de algún franco sindical para reparar su casa, o agregarle una pieza, pero no habían ido más allá, trabajaban como todos.

Los marinos a cargo de la zona convocaron a todo el personal en la misma fábrica. Se hicieron presentes armados y luego de su largo espiche, dejaron espacio para las preguntas y las opiniones, los obreros estaban atemorizados. Yo intenté tomar la palabra pero el Director me interrumpió: -Ud. es personal directivo, no puede hablar por los trabajadores.- Protesté:- si la Revolución se hizo por la libertad , como no me van a dejar hablar.- Los marinos me dejaron hablar y les pedí la libertad de los delegados, que no eran dirigentes políticos sino humildes trabajadores.

El Director General me citó en su escritorio, tenía un entripado con algunos delegados a los que esperaba despedir sin indeminización, y mi participación lo contradecía.

-¿Cuánto gana Ud.?

-Mil seiscientos pesos mensuales.

-Le vamos a subir a dos mil quinientos, siempre y cuando no converse más con el personal obrero, buenos días, buenas tardes y nada más. Ni reuniones en el laboratorio, ni té, ni café con leche, ni nada.

Yo también fui jóven. Algún día se va a dar cuenta que lo están usando.

-Mire, aprecio este empleo y el trabajo que se realiza, pero no tengo cara para cambiar mi actitud con la gente.

Así no podemos seguir.

No se animaba a echarme por las posibles repercusiones, pero tarde o temprano lo iba a hacer.

-Doctor le propongo un trato, me pagan cinco mil pesos y les preparo a Baigorria para hacer todos los análisis de rutina, los extraordinarios pueden mandarlos afuera . Usted es químico y se dará cuenta si se presenta alguna anormalidad en los reactivos o instrumentos de medida.

Dicho y hecho, a los quince días abandonaba la fábrica con los cinco mil mangos en el bolsillo.

Un año después cuando estaba por casarme, una mañana de domingo me sorprendió, en la casa de mi vieja, una delegación de obreros de la fábrica que me traía como regalo una olla a presión.

III

La duda

Para rebuscarme el puchero vendí muñecos y otras chucherías a las casas de artículos para bebé, luego ayudado por mi mujer comenzamos a fabricar forros de polietileno para cuadernos escolares. Durante casi un año trabajé como químico en una fábrica de galalita, primitivo plástico para botones a base de caseina y formol. Hasta que me vinieron a buscar para reinstalar la refinería de una antigua fábrica de aceite.

Fue un trabajo abrumador, los que la habían adquirido, no querían invertir más dinero. Nos vimos obligados a usar hierros y caños viejos que comprábamos en los cambalaches, Durante el día atendíamos la reinstalación y por la noche con mi compañero, un ex jefe de turno de la refinería, desarmábamos y limpiábamos los caños viejos que se emplearían durante el trabajo diurno.

Así hasta que conseguimos ponerla en funcionamiento. Cuando comenzamos a respirar tranquilos ¡Zas! se fisura el cigüeñal de la bomba de vacío principal, una bomba de doble efecto con un cigüenal con seis o siete bancadas que medía como tres metros de largo. Nos sumimos en ideas de fracaso.

¿Quién nos podía salvar? Humberto, jubilado de mago. Cayó bien temprano con su prodigiosa valijita gastada, repleta de herramientas y la libreta con tapas de hule. Lo dejamos solo, tranquilo.

Desarmó la bomba, recortó amianto para no rayar el cigüeñal con las morsas, solo tuvimos que ayudarlo a moverlo porque debía pesar como doscientos kilos, lo cortó en la zona de la fisura, lo soldó con un pequeño transformador, no disponíamos ni de un torno grande para colocar el cigüeñal entre puntas, ni de una soldadora rotativa. La cosa es que a la noche la refinería entró de nuevo en funcionamiento, la bomba funcionaba y no sentíamos ningún golpeteo atribuible a la reparación.

Meses después durante una parada de revisión, mandamos a medir la desviación entre los extremos del cigüeñal ¡ Menos de dos décimos de milímetro en tres metros! Humberto hasta había conseguido compensar las deformaciones producidas por el calor de la soldadura.

Yo lo seguí visitando. En un galponcito de dos por tres del fondo de su casa, se dedicaba a perfeccionar matrices para las primeras vajillas de acero inoxidable argentinas. El equipamiento que ví me hizo dudar, unas rasquetitas, la piedra esmeril y nada más. Al poco tiempo me regalo una plancha para bifes fabricada con esas matrices.

Me mudé a Mar del Plata, con mi compañero transformado en socio, compramos una muy pequeña refinería, que había importado Dreyfus, para aceite de pescado, nunca puesta en marcha. Humberto nos dió una mano para el ajuste de los mecanismos más complicados.

A un gallego, inmigrante reciente, que nos secundaba, le aconsejó que así como nosotros habíamos obtenido ganancias de la anterior instalación, él debía obtenerlas en ésta. No me gustó ni la batida del gallego, ni el consejo. Pensé en el resentimiento de Humberto, lo mal que habían retribuido su extraordinaria habilidad, y que por un motivo u otro, terminaba siendo menos amigo de lo que yo creía. Pero estaba equivocado.

Con los pesos que había cobrado por las matrices se dio el gusto de su vida, una “máquina italiana”, una moto Gilera. A treinta kilómetros por hora como máximo, iba a entregar los trabajos que le encargaban.

Lo atropelló un camión en la Perito Moreno.

Poco tiempo después, su hijo Rafaelito de 17 años, que había terminado cuarto año del Industrial, vino a vivir a Mar del Plata con nosotros, pues lo prefería a seguir viviendo con la madre. Al morir, Humberto me había dado la mejor prueba de amistad, me había confiado a su hijo.



AMIGOS EN PARANÁ

¡Aquél Paraná de 1962! Sin túnel subfluvial, Zárate Brazo Largo, ni caminos asfaltados, cuando para cruzar desde Santa Fé, había que tomar la lancha o el Ferry, siempre que salieran porque cuando el río estaba un poco encrespado había que resignarse y según los recursos, quedarse a dormir sobre un banco del puerto, o volver en ómnibus a la ciudad hacia algún alojamiento.

Seguía rigiendo la hipótesis de conflicto que se estudiaba en la Escuela Superior de Guerra, “Invasión de los brasileños”. Para dificultar su avance, nada de caminos, puentes o túneles, ni aerodrómos, sólo tierra enfangada, lo que generaba grandes dificultades la gente y el retraso de la Mesopotamia. Pasados casi cincuenta años, a la luz de lo sucedido no sabemos si reír o llorar. Todo muy funcional a quienes no les interesa la unidad de América Latina.

Me convocaron para poner en funcionamiento una planta desecadora de alimentos por sistema Spray, instalada con un crédito generoso, otorgado por un gobernador radical al que el gobierno de fuerza que lo había depuesto, no sabía como recuperar.

Su propietario era un acopiador de cereales, enriquecido con el amiguismo político y fundido idem, gracias a esa fábrica que nunca habían conseguido funcionara. La habían diseñado ingenieros entrerrianos del “palo” del propietario, sin experiencia concreta sobre el trabajo industrial.

Un mundo de acero inoxidable me subyugó, conseguí vincularme a un técnico suizo que había abandonado recientemente a la Nestlé y mediando su asesoramiento, acepté tratar de rectificar esa maraña de incongruencias productivas.

Así fue que conocí a mis amigos de Paraná.

En primer lugar al Dr. Oscar Gonzáles, abogado del propietario, a quien vaya a saber por qué llamaban “el Moco”, un hombre de bien algo ingenuo, un idealista, que fue quien dió conmigo y con la gente que se asociaría a la fábrica, a través de él tuve la suerte deconocer a José y Bernardo.

Bernardo poseía una mueblería en Paraná, en otro tiempo próspera, y vivía en un humilde departamento de planta baja en compañía de José.

Retrocedamos en el tiempo para adentrarnos en la historia de estos amigos, principales animadores del relato.

Por mil nueve cuarenta y tantos Bernardo, poseía una agencia de publicidad con altavoces por Lanús o Valentín Alsina, que se instalaban en la vía pública o sobre autos y camionetas, en la que colaboraba José. El nazismo seguía vigente, alarmados por los antecedentes de Perón, se sumaron a la campaña en su contra y comenzaron a ser perseguidos por las autoridades. Cuando el Gral. Perón ganó las elecciones emigraron hacia el Uruguay.

José que era un calificado sastre de hombres, instaló una sastrería en la Avenida 14 de Julio, la principal de Montevideo, con la que tuvo éxito y un período de bonanza.

Por entonces debía andar por los treinta años, se enamoró apasionadamente y quería casarse.

Le advirtieron que la madre de su novia estaba internada desde hacía tiempo en el Vilardebó, equivalente a nuestro manicomio de Vieytes, y que su mal podía ser hereditario, pero eso no lo arredró.

Gozó durante varios años de felicidad matrimonial. Cuando la suegra atravesaba períodos de mansedumbre la llevaban a su casa para pasar las fiestas. Durante un año nuevo sufrió un descomunal brote psicótico y fue el detonante para que la afección hereditaria también se mani-festara en la hija.

José internó a su mujer en la mejor clínica psiquiátrica, aunque era muy cara. La iba a visitar todos los días y en su desesperación descuidó el trabajo. La falta de recursos lo obligaron a reducir sus gastos al mínimo pero no reparaba en sacrificios. Cuando se quedó sin nada tuvo que resignarse a que a ella también la internaran en el Vilardebó y siguió visitándola todos los días. Durante un par de años durmió en la calle y comió cualquier cosa, el amor de su vida ni siquiera lo reconocía. José, que nunca había bebido, adquirió un vicio que lo mareaba sin hacerle perder su innato sentido de la amabilidad.

Finalmente buscó refugió en casa de Bernardo que se había hecho cargo de la mueblería paterna.

Yo los conocía del Estudio del Dr. Gonzáles, o de alguna charla ocasional de café, cuando inmovilizado por la intransibilidad del camino debía esperar en Paraná.

Producto de la inclemencia del tiempo, las fatigas del viaje y el exceso de trabajo me vi afectado por una fuerte angina con fiebre, el Dr. Gonzáles consiguió que me refugiara en el departamento de Bernardo y José hasta reponerme.

La atención sencilla y delicada, la compañía amistosa, tan natural como si no fuese nada, fueron el mejor remedio.

Bernardo y José no se parecían, salvo en la bohemia. Bernardo era un gordo, rubión, medio pelado, de ojos celestes, de aspecto eslavo y origen judío, que había leído bastante pero no cotorreaba sobre lo que había leído, sino que aplicaba su razonamientos a los temas diarios de conversación.. José descendiente de árabes, más retacón y fuerte, morocho de grandes ojos negros conquistadores, resultaba muy simpático.

Cada uno tenía sus debilidades, Bernardo estaba metejonado con una mujer más jóven, a la que no llegué a conocer, la Colorinche, debía ser pelirroja, y que según las buenas lenguas se aprovechaba de los menguados recursos de Bernardo. A José había que disculparle sus repetidas escapadas a cargar combustible en el boliche.

La cuesta abajo económica de Bernardo comenzó con una campaña política, le prometieron nombrarlo director del Banco Municipal de Paraná, le acordaron un crédito en ese mismo Banco para solventar la publicidad. Cuando ganaron se olvidaron de él, y el crédito se transformó en su salvavidas de plomo.

A todo esto la fábrica ya estaba lista para elaborar leche en polvo y necesitábamos algún promotor para conseguir que nos entregaran la leche los pequeños tamberos ruso alemanes de los alrededores, José se ofreció y como conocía la zona, cayó como anillo al dedo.

Su trabajo fue muy eficiente, cuando un marido no se decidía, la simpatía de José influía sobre la mujer para decidirlo. Alguna vez medio en broma, medio en serio, le pregunté de que medios se valía para conquistar influencia tan decisiva y... ¿Dónde? ¿Cómo?

– Cuando tienen que acercarse al pueblo yo las arrimo con la camioneta, el asunto es andar siempre con un diario grande para invitarlas a acomodarse debajo de los puentecitos que atraviesan los arroyos, Entre Ríos es muy húmedo.

La contra con José era que la vieja camioneta “Baqueano”, matungo que llevaba al jinete mareado hasta la querencia, se paraba sola ante cada boliche.

La leche en polvo que elaborábamos era aceptable y durante varios años fuimos despegando trabajosamente. Cuando Bernardo cerró la mueblería se incorporó también al equipo de promoción., relaciones públicas lugareñas.Todos vivíamos en la casa para personal de la fábrica.

Los fines de semana solía visitarnos el Dr. Prelat, muy amigo de Bernardo. Había recorrido el mundo como Profesor contratado por la Unesco y, entre otros cargos docentes, fue Rector de la Facultad de Ingeniería Química de Santa Fe.

Era un conversador formidable, nos podíamos quedar horas escuchándolo, mientras su pequeño hijo pretendía cazar palomas con la honda. Dirigía una revista dedicada a desenmascarar la multitud de teorías seudo científicas, Él no estaba en contra sólo, pretendía para evitar confusiones que no se declararan científicas.

Al verlo así, de entrecasa, boina, alpargatas, pantalón y remera de larga data, nadie lo hubiera supuesto persona tan sapiente.

Un día en que la camioneta de José efectuó más paradas que las debidas, volcó y en el accidente José perdió un brazo. Al salir del hospital no quiso dejar de trabajar y se dio maña para continuar con la promoción.

Durante un verano muy lluvioso, en el que perdimos varios cientos de miles de litros de leche porque los caminos no nos permitían acercarla a la Planta, la situación financiera se agravó.

Esperabamos salir adelante con un crédito del Banco Industrial, pero el socio cerealista que tenía firma, retiró el dinero del Banco y se escapó con su familia, con gran sorpresa del Dr. Gonzáles que confiaba en él y toleraba sus desatinos.

Como fuera de Nestlé por entónces eramos la única fábrica de leche en polvo Spray del país, les propuse a los principales accionistas que cediéramos la mayoría accionaria a alguno de los grandes productores lácteos.

Encomendaron a un estudio Contable de Santa Fe el estudio de la situación. Un fabricante de silos se interesó. A mí me pareció ese personaje un vaciador de empresas en dificultades y me desvinculé.

En pago de lo que había aportado y de sueldos que me adeudaban, me entregaron una receptoría de leche que habíamos adquirido en Basavilbaso con la que pude hacer muy poco, José me acompañó y por un corto tiempo seguí disfrutando de su bonhomía.

Pero esa es otra historia, terminó casado con una vieja modista de Santa Fé y Bernardo recaló en el departamento de su familia en Buenos Aires, y tuvo la satisfacción de ver publicadas en los diarios varias cartas suyas sobre temas cotidianos.

A los dos y al Dr.González los seguí viendo cada tanto. Desde donde estén siempre me acompañarán.


EL NONATO SPORTIVO SOL DE ORO

Fue allá por 1943 ó 44, la Avenida 9 de Julio solo llegaba hasta la calle Tucumán, pero estaba prevista su prolongación. Algunos edificios ya habían sido expropiados, demolidos y cuidadosamente tapiados. Los pibes del barrio y los cirujas, para jugar o guarecerse, violaban las cerraduras de las puertitas de hierro, burlando la inaccesibilidad.

A mí se me ocurrió pedir autorización para usar el que nos quedaba más cerca, Cerrito entre Viamonte y Córdoba. Hasta soñaba con él. La guita para comprar pelotas y algún aro de basquet, podía obtenerse con la venta de productos a los que tuvieran hambre y alguna moneda. En el Once vendían 5 rosquitas a 5 centavos, si en la sede social del Clú las cobrasemos 10...como se vé, mis sueños eran muy comerciales, en pro de un ideal.

Lo conversamos en la Plaza, y nos pusimos de acuerdo en la fundación del Sportivo Sol de Oro, un feriado a la mañana, así sin acta ni nada. ¿Uds. creen que en el acto de la fundación de los clubes que luego prosperaron, se firmó un acta? Yo creo que recién se firmó cuando empezaron a prosperar, o por lo menos a estabilizarse, y los participantes quisieron posar para la posteridad.

Sol de Oro porque todos teníamos alguna camiseta sin mangas (de las que después se llamaron musculosas), o con mangas cortas, les cosíamos un sol recortado de retazos amarillos y listo, ya teníamos la divisa para enfrentar en la lid deportiva a quienes se atrevieran a desafiarnos.

Así fue como nos encaminamos a solicitar la autorización a la comisaría 3ª, que por entónces ocupaba una antigua casa que había sido de Sarmiento, justamente en Sarmiento casi esquina Libertad. Eramos cinco o seis, tal vez siete emprendedores valientes, que supusimos que los policías tenían atribuciones para concedernos la autorización. Ellos eran los que no nos dejaban jugar a la pelota en la calle, y a veces nos enchufaban en el autito negro cuadrado, modelo 30 más o menos, para que los viejos nos diesen una pateadura cuando nos retiraran de la comisaría.

Le explicamos al vigilante de la puerta el noble fin que nos guiaba y dejó pasar a uno solo.

-Andá vos...- Tenés que ir vos. Y fui yo, el de la parla más florida. Los demás se quedaron haciéndome el aguante en la vereda.

Antes de entrar en la sala de guardia me sentí cohibido, pero saqué pecho...todo fuera por la causa. Le dije al oficial escribiente que me atendió, debía ser oficial, tenía las jinetas sobre los hombros, el motivo de nuestra visita y recurrió a la superioridad. Me hicieron explicarles todos los detalles de nuestro proyecto y se sonrieron. Yo me sentía inspirado y enumeraba las ventajas que proporcionaría un club de pibes, no iban a jugar más en la calle ni mezclarse con los más grandotes, las risotadas atrajeron a personajes con más galones, se mataban de risa.

-Fijate que pico de oro... Para prolongar la diversión me hacían preguntas y a repetir lo que ya había dicho, se iba haciendo largo, aunque embalado con el éxito que había reunido a una concurrencia tan importante, no me daba cuenta.

Mis compañeros en la vereda comenzaron a impacientarse y supusieron lo peor.

-¡Qué lo larguen...! ¡Qué lo larguen...! ¡Qué lo larguen...!

-¿Quienes son? pregunto el principal.

-Los pibes que acompañaban al que está adentro- contestaron de la guardia.

¿Adentro? ¡Preso! Y redoblaron sus gritos.

-Hacé pasar a dos o tres.

Unos gurrumines como yo.

Entónces nos contestaron que ellos no tenían atribuciones para conceder nada, que debíamos solicitarlo en la Municipalidad, y se acabó la joda.

Cuando salimos los otros aplaudieron. Regresabamos victoriosos ¡No habíamos quedado en cana!

¿Aunque en la Municipalidad a quién íbamos a ver? Si no conocíamos a nadie, ni la oficina a la que tendríamos que recurrir, y había tantas.

Esa tarde cuando nos juntamos a jugar el picado, en la callecita que atravesaba la tercera plaza, nadie mencionó el tema, nuestro interés se centraba únicamente, o se había refugiado, en la pelota.

Así murieron antes de nacer, el Sportivo Sol de Oro y las ilusiones de autogestión de unos chiquilines.

miércoles, 14 de mayo de 2008






















FICCIONES Y PREGUNTAS

Para poder establecer cual es la verdadera conveniencia de la comunidad, del conjunto de los seres humanos, convendría formular algunas preguntas y meditar las respuestas.

¿CUÁNTOS CAMPOS EXISTEN?

En primer lugar, el campo de la Producción Sustentable, que trata de dañar lo menos posible a la Naturaleza y producir alimentos que no perjudiquen la salud ni al equilibrio de la vida. A este campo pertenecen los productores naturales, ecológicos, orgánicos, entre ellos los pobladores tradicionales del campo que han sido desalojados de la tierra en que vivían y arrojados a los márgenes de las ciudades y pueblos, o empleados como mano de obra cautiva (esclava, servil o en negro). En nuestros paises, desde la Conquista hasta ahora, se ha asistido a una permanente apropiación de tierras ajenas. Uno de los más grandes crímenes de los conquistadores fue la destrucción de los cultivos andinos en terraza, para rendir a los pobladores por hambre, despojarlos y someterlos a la mita y el yaconazgo.

ENEMIGOS DE LA NATURALEZA Y APROPIADORES DE LA CIENCIA

Con la bandera del progreso tecnológico, grupos ávidos de ganancias, compran el conocimiento científico, patrimonio de la humanidad, y lo usan para alterar el delicado equilibrio de la vida.

Contribuyen a provocar el cambio climático que en forma de grandes cataclísmos, sequías, lluvias torrenciales, inundaciones, contaminación del agua dulce, disminución de las nieves eternas, del hielo en los polos, elevación del nivel del mar y modificación de las corrientes, se abate sobre los humanos y el resto de las especies.

Procedimientos mafiosos les permitieron la aprobación de cultivos transgénicos, convertidos en dominantes a costa de otros cultivos, y multiplicar el uso de herbicidas (glifosato), abónos químicos, que ellos producen protegidos por patentes, tal como a los bucaneros los protegían las patentes de corso.

Así propagan la desertización y la contaminación. En nuestro país los que cobran sus tóxicos antes que se vendan las cosechas, se llaman Monsanto, Syngenta, etc., quienes invierten sumas importantes en publicidad, a cambio de que sus trapitos no se exhiban al sol.

Los cultivos de cereales transgénicos a base de herbicidas y abonos químicos, en ambas márgenes del Río Uruguay, envenenan el agua dulce de la cuenca del Plata a la par de los vertidos industriales, muy criticados por los “ambientalistas” y chacareros transgénicos, que desde hace dos años vienen practicando corte de rutas, y mantienen clausurado el puente internacional Gualeguaychú-Fray Bentos.

LOS QUE REGULAN EL HAMBRE Y LAS GANAS DE COMER

Chicago alberga el más importante mercado mundial de cereales y derivados, en el operan las 4 ó 5 empresas, entre ellas Cargil, que comercian la producción cerealera argentina y que al formar parte de los que regulan la oferta y la demanda en el mundo se quedan con una parte de lo que deberían recibir los productores, porción tal vez más importante que el último aumento de las retenciones.

En los años 30 del siglo pasado fue creada la Junta Nacional de Granos, que desapareció con el maremoto privatizador, cuando se entregó el control de los principales resortes de la economía, a empresas Extranjeras, multidesangradoras de recursos con anestesia mediática e ideología liberal, que respeta la propiedad privada, siempre que sea de ellos.

LOS DUEÑOS DE LA TIERRA (o la mayor porción de la)

Pueden exhibir títulos de propiedad legítimos. Como los provenientes de los repartos que se realizaron durante la conquista, las múltiples campañas contra los salvajes que las poblaban, hasta aniquilarlos para enseñarles a vivir, bajo tierra, la de arriba no la merecían. La enfiteusis de Rivadavia cuyos cánones de arriendo bien interpretaron: se apropiaron de la tierra y no se la pagaron a un estado ineficiente que malversaba las oportunidades, mientras ellos se sacrificaban prestigiando al país y su fama con prodigalidad, en París. En los paquebotes de turismo, llevaban una vaca para popularizar la calidad de la leche fresca.

Tierra, tierra, tierra. Alguien dijo que todo giraba alrededor de la tierra, como en la teoría de Ptolomeo. Las adhesiones se retribuian con tierra y a los enemigos se les quitaba la tierra. Porque la posesión de la tierra importa poder y gobierne quien gobierne, ese poder se mantendrá incólumne, de allí que sean muy respetadas las Sociedades de los Dueños de la Tierra, que como únicos y verdaderos señores, se lo merecen. ¡Qué tanto j....! Y quien se atreva a objetar sus rentas que se atenga a las consecuencias.

USUREROS Y OPORTUNISTAS

En el Martín Fierro, el pulpero fiaba uno y cobraba tres, en armonía con la autoridad de la época, el sr.juez de paz. Hoy en día las utilidades usurarias, las obtienen los pools (el pool es un juego) de siembra (de soja transgénica), que arriendan la tierra y al cabo de unos meses, tras la cosecha, obtienen jugosos dividendos y la devuelven a sus propietarios, pero el jugo que extrajeron de la tierra la deja exhausta, pobrecita, solo sirve para seguir sembrando transgénicos con dósis crecientes de abonos químicos. ¡ Good show, utilidades contantes y sonantes y hasta la próxima temporada!

MONTE CON TRAMPA Y NAIPES MARCADOS

El monte criollo, y me refiero especialmente a los del Norte semiárido con los que convivo, no sólo descontaminan el aire reduciendo el nivel de óxido de carbono, principal causante del efecto invernadero y retienen el agua en la temporada de lluvias que suelen ser torrenciales, sino que poseen infinidad de frutos semillas y vainas muy nutritivas, cuya recolección y uso no se populariza porque obedecemos la demanda del mercado internacional y en Europa no se consiguen.

Son conocidas las virtudes alimenticias de la harina de algarrobo, pero casi se ha perdido el cultivo de la chía autóctona, que proporciona además de harina nutritiva, un aceite de calidad comparable al de oliva.

Me atrevo a afirmar que brindando cuidados simples y accesibles a una hectárea de monte puede producir tanto forraje como el sorgo, sin los gastos y cuidados de la siembra. Sería hora que la ciencia agronómica estudiara las variedades alimenticias existente en el monte criollo y esa enorme riqueza hiciera más justa la repartija.

Pero la avidez y el afán de lucro de los sojeros es por ganancia en mano, o en sus bolsillos, y no por pájaros volando, así desmontaron más de 2.000.000 de hectáreas, y amenazan no dejarnos los restos que van quedando, qué les importa en su miopía, la biodiversidad y los desastres naturales que intensifica el desmonte.

El último ex gobernador de Salta, hijo o nieto de humildes inmigrantes como somos muchos, reconocido multimillonario con un patrimonio incalculable, autorizó poco antes de finalizar su mandato, el desmonte de 400.000 hectáreas, negociado del que sus allegados sacan tajada, y los ex pobladores expulsados y sin chistar hacia la orilla de los pueblos, o las villas de las urbes, donde cómodamente pueden envenenarse con paco, o entregarse al delito y motivar la inseguridad.

La expulsión de trabajadores por el campo para exportación es incesante e inhumana.

CHACARERATA SOJERA

Llama la atención que los descendientes de los esforzados labradores que se levantaron en Alcorta, contra la inicua explotación a la que eran sometidos por los terratenientes y exigieron la sanción de una ley de arrendamientos menos injusta, sean hoy la fuerza de choque de las más rancias entidades de terratenientes.

Dime con quien andas y te diré quien eres. Las condiciones favorables para la producción agraria, clima, tierra y demanda mundial de alimentos, han elevado el valor de la hectárea en la pampa húmeda hasta doce mil dólares, es decir que los llamados chacareros con 100 o 150 hectáreas, poseen un patrimonio en tierra de 3 a 5 millones de pesos. Uno de los méritos de sus padres o abuelos inmigrantes, y de la educación pública, les permitió, a los que tenían sed de conocimientos, estudiar hasta convertirse en profesionales. Algunos de ellos arriendan la tierra a los pools, otros demandan a los coherederos rendimientos crecientes para mantener su nivel de vida en las ciudades, y los que se ocupan exclusivamente de la producción agrícola quieren aprovechar el auge para hacerse de más tierras y bienes. ¿Cómo van a aceptar las retenciones móviles? Les prometen devolver parte de las retenciones mediante acreditaciones bancarias, pero no les sirve porque la mayor parte de las operaciones las realizan en negro. Por el mismo motivo, tampoco les interesa adquirir en forma cooperativa o solidaria los gravosos insumos que requiren los cultivos trangénicos para reducir costos.

FEDRALISMO DE OPERETA

Reclaman que se coparticipen las retenciones, porque los caudillos regionales son más presionables y salvo excepciones más venales, que el gobierno nacional con sus aciertos y errores (El canje de la deuda y el nombramiento de una Suprema Corte más imparcial, entre los primeros, los dislates presupuestarios como el tren bala, la prolongación de las concesiones petróliferas, mineras, de telecomunicaciones o medios, a grandes capitales extranjeros que se están haciendo la “América” en la Argentina, la mistificación del INDEC y la inequidad de ingresos de la población en la pobreza, entre los segundos)

No hemos escuchado a los que se abrogan la representación del campo propuestas para aplicar el incremento de las retenciones a fines concretos.

La recuperación, renovación y modernización de los 50.000 kilómetros de red ferroviaria de carga y pasajeros, reduciría el costo de los fletes, la contaminación, los accidentes viales, el uso dispendioso de nuestras reservas de combustibles fósiles, la inversión exagerada en vehículos automotores de carga y pasajeros. Reviviría a centenares de poblaciones que languidecen a la vera de las vías, interconectando otras para moderar el gigantismo central.

O la disminución de las cargas impositivas y de los aportes jubilatorios del personal empleado por los pequeños y medianos productores, para que legalicen su operatoria y blanqueen al personal.

O la extensión de las becas a los jóvenes de hogares humildes para que realicen estudios técnicos o superiores.

O la asignación de nuevos recursos para el desarrollo de energías alternativas, en especial la solar, la mareomotriz y la eólica.

O la extensión de un sistema de salud personalizado, de alta calidad.

O el incremento presupuestario a las Universidades y para la investigación científica, exigiendo calidad educativa, no solo títulos.

LA INTERMEDIACION ESPECULATIVA

Durante el anterior paro con corte de rutas, ante la reducción de la oferta, los precios de los alimentos y productos de primera necesidad se dispararon, los intermediarios especuladores hicieron su Agosto. A los que comemos cuatro veces por día hasta sentirnos saciados, nos resulta incómodo pensar que millones de compatriotas se vieron privados de alimentos esenciales.

Esperamos que no se vuelva a repetir, y los que se abrogan la autoridad de impedir el normal abastecimiento con la panza llena, sean obligados a desistir y debidamente enjuiciados.

ES URGENTE

Detener la creciente sojización de la agricultura y recuperar la Soberanía Alimentaria Nacional.

COPYRIGHT

Cualquier coincidencia con personas, sociedades, o situaciones reales es casual, ya que lo expuesto es producto de la imaginación, una triste pesadilla.















EL MONSTRUO DEL NAHUEL HUAPI

Ya no se trata de un fantasma que se divisa cada tanto, como en el Lago Ness. Este crece día a día a la vista de todo el mundo y nadie se asusta.

En medio de una belleza extraordinaria, rodeado por grandes residencias, hoteles fastuosos, y una comunidad enriquecida por la actividad turística, que las aguas del lago se pudran, merece tan poco interés como la vida de los trabajadores temporarios desocupados o semiocupados.

No se puede creer que con tantos recursos no se puedan emprender las obras de saneamiento imprescindibles.

Si se construyera una red cloacal que confluyera en digestores para tratar los desechos, a la par de mejorar la calidad de las aguas del lago y preservar la naturaleza del Parque Nacional Nahuel Huapi, se obtendría gas metano, apto para su distribución domiciliaria, y abono orgánico (compost) para los jardines o los cultivos de la zona.

Según el acuerdo de Kyoto y otros convenios, se pueden obtener subsidios parciales o totales, por la disminución de contaminantes implícita en la obra.

Tanta desidia no tiene justificativos y sería lamentable que el tema sea esgrimido para orientar al turismo internacional hacia otras direcciones.


COMPOSICION: Los Unicos Privilegiados son algunos niños.

El maestro del último grado nos daba como tarea para casa una composición diaria, inspirado en el silencio de la madrugada al llegar a la escuela me sobraba rollo para escribir dos o tres más.

El pelado Collazo de tarde vendía diarios en Esmeralda y Tucumán. Como todos los canillitas peleaba para retirarlos en Crítica, Razón o Noticias Gráficas, y luego se trepaban a los tranvías en marcha para proveer de noticias frescas, cuando no existía la televisión, a la gente que regresaba del trabajo. A su delantal escolar se le notaba mucho la mugre, estaba muy gastado y no se lo planchaban con bastante almidón para que rechazara la mugre. A mí tampoco me lo planchaban con almidón y también tenía que usar el mismo los seis días de la semana, pero como no era tan viejo se le notaba menos. Otros se lo cambiaban todos los días, o al menos dos veces por semana. El pe-lado era buen compañero, yo le tenía lástima y siempre escribía sus composiciones. Primero a él y luego a los dos o tres que no habían llevado el deber, interpretando cada idiosincracia, era una forma de ejercicio de estilo y de manifestar predicamento.

Cuando visitaba a mis compañeros del grado, la presencia de mayores me inhibía. Aún en casa de Guido donde me trataban con familiaridad y hasta nos facilitaron una máquina de escribir y un cuarto, para “editar” una revista en copias carbónicas que llamamos “Aventuras” y vendimos a los parientes. Guido era el editor jefe yo el libretista, para los dibujos contamos con la colaboración de un artista plástico, amigo de las hermanas mayores de Guido, al que un tiempo después ayudamos a reproducir en yeso sus esculturas, con lo que obtenía algún ingreso en las fiestas de fin de año. Nosotros lijábamos los rebordes y a lo sumo aplicábamos la pintura base, él había preparado los moldes de latex, unía las diversas partes, las pintaba y terminaba. Me gustaban mucho esas esculturas y simpatizaba con el autor, hasta juraría que hubiera ido a ayudarlo gratis, sin las monedas de retribución.

Callejeamos bastante con Guido . Recuerdo una exposición de dibujos, realizados por niños, sobre los horrores de la guerra, que se exponía en una escuela por Av. Entre Ríos y Constitución, o Pavón. Los paseos de la infancia se realizaban a pié, para ahorrar en transporte. Durante el trayecto Guido, cuya familia era más liberal y estaba más ideológizada que la mía, me alertó sobre los funestos propósitos de la

expropiación de los colectivos a sus propietarios-conductores. Nos sentimos agraviados por espíritu de justicia, aunque no usáramos el colectivo.

¡De cuántos temas habremos hablado en las interminables caminatas! Los mandados eran otra oportunidad para gozar de la libertad de la calle, nos atrasaban las inevitables paradas en los negocios de aeromodelismo, entonces en boga. Guido era un entusiasta de los avioncitos de madera balsa en los que invertía sus ahorros, y trató de interesarme sin resultado, yo prefería los veleros que navegaban en la fuente de Plaza Francia, ¿pero conque? ni para una cosa ni para la otra.

Y ahí no terminaba la relación, su indiferencia por la pelota, hubiera pasado, pero le birlaba a su hermano mayor revistas pornográficas, con las que se encerraba en el baño para masturbarse delante mío.

Mi sentido del sexo era más personal. Desde siempre experimenté una atracción por las mujeres adultas. Recuerdo que de muy pequeño, tres o cuatro años, cuando me quedaba a dormir en casa de la abuela y compartía la cama con las hermanas de mi madre, jugaba muy entusiasmado a acariciarles lo que tenían de mujer, quizás en

forma poco perceptible porque nunca dieron señales de despertarse. Más adelante, cuando nos visitaban unas tejedoras, confeccionaban gorros de crochet que vendía mi mamá, percibía el olor de su sexo, los demás parecían no sentirlo, y me ponía rojo como un tomate, todo muy secreto, nunca lo comenté con nadie, pero esperaba que volvieran para oler con fruición.

Los padres de Rosenfeld hacía pocos años que habían conseguido refugio en la argentina huyendo de la persecución de Hitler. En su casa disponíamos de hermosos pisos encerados para jugar al fútbol con once botones, pintados con los colores de las camisetas, que patinaban con ayuda de otro botón para pegarle a uno más chico que hacía de pelota. Podíamos jugar durante horas, nadie nos interrumpía con cosas de grandes, los padres estaban ausentes atendiendo sus ocupaciones, y la mujer de servicio obligada por tanta pulcritud se desentendía de nosotros.

Lo invité a visitarme, pero en mi casa no podíamos jugar tranquilos, mi hermanita se cruzaba a cada momento y mi vieja protestaba porque le rayábamos el piso.

En los bancos de símil mármol pulido de la Plaza, los muchachos más grandes jugaban al fútbol con botones por plata, cinco centavos el gol, pero nos trataban como a pendejos inferiores. En mi concepto con los cinco guitas no se jugaba.

Sin embargo allí conocí a Horacio Scolnik, que se pasaba toda la tarde hasta la noche en la segunda manzana de la Plaza con ellos, aunque era menor que yo. La parálisis infantil le había afectado una pierna, en los picados jugaba de arquero, y tenía un arrojo! Se tiraba sobre la pelota como una bolsa de papas, no le importaban los golpes. Después que me mudé nos seguimos encontrando para ir a la cancha. Justamente a la salida del Monumental en un clásico Boca-River, levanté el alambre de púas para ayudarlo a pasar, cuando un pibe desconocido sacudió el alambre y se lo encajó en la pierna enferma, él acostumbrado al sufrimiento, no dijo nada, pero yo me fui encima del malvado madrugador. Al agresor no lo vi más, me quedó el ojo en compota.

De Horacio supe que alcanzó a recibirse de médico y a especializarse en psiquiatría, murió demasiado jóven.

Calvete sobrino nieto de Juan B. Justo, era muy reservado y no se daba con casi nadie.

Conmigo se llevaba bien, me venía a buscar y hablábamos de libros o de otras cosas, sentados al sol en la Plaza o en los umbrales, pero no jugábamos, ni realizábamos actividad alguna. Para su cumpleaños nos llevaron a una quinta de varias hectáreas, fue la única vez que lo vi correr. A los brindis insistieron para que yo dijera unas palabras, con el antecedente de haber participado en los actos patrióticos, el espiche los hizo reír.

Mi mamá decidió mandarme a la Escuela Industrial, el papá de Calvete se tomó la molestia de comunicarse para sugerirle que era conveniente mandarme al Nacional, no prefijar mi camino y que continuara como compañero de su hijo, pero quien la convencía a mi vieja, y con Calvete no teníamos mucho en común.

Recién volví a encontrarlo en la revisación médica previa al servicio militar, se hizo el sota, me pareció afeminado.

En lo de Soulés, un palacete con enorme jardín al fondo, podíamos patear todo lo que quisiéramos, luego nos servían una riquísima merienda durante la cual se hacía presente la madre, una elegante mujer amable y delicada. Tanta elegancia y delicadeza, tal abundancia en la merienda y en el servicio de mesa, me obligaban a manifestarme como el pibe que todos los días se pasaba un par de horas en la biblioteca Popular de Municipio Bernardino Rivadavia, o en la sala infantil de la del Palacio Pizzurno, y esa personalidad prefería guardarla para mí.

También la familia de Soulés le sugirió a mi vieja que no me mandara a una escuela tan lejana. Habíamos rendido juntos en el Otto Krausse, y por puntaje me correspondía el Industrial de Barracas, él tampoco había entrado al Krausse. La familia lo inscribió en un Incorporado céntrico y prometió conseguirme una beca, me ilusioné. Mi vieja no quiso, Barracas era una obligación que había conquistado y no teníamos necesidad de favores.

Soulés llegaba a la escuela caminando, no era de esos pitucos a los que traían en auto con chofer, acompañados de una joven “miss” sobre la que inventaban fantasías no aptas para las composiciones. Y se llevaban a todos por delante con el beneplácito obsecuente de maestros, temerosos de sus influencias. Por cualquier cosa te puteaban. A la vieja que no me la tocaran, les pegaba un bollo entre los dos apellidos

y que se fueran a quejar al Presidente de la República, o al Jockey Club. En mi cuaderno estampaban el sello AMONESTADO y en manuscrito: por agredir a un compañero.

Casualmente un amigo por esos años, al estilo del “personaje inolvidable de Selecciones”, fue el viejito bibliotecario de la Bernardino Rivadavia, que me aconsejaba lo que leer y escuchaba mis comentarios. Siempre ceremonioso, cuando volvía a la biblioteca después de varios días se interesaba por el motivo de mi ausencia. Ese trato delicado hacía que prefiriera esa biblioteca a la del Palacio Pizzurno, en la que cuidaban los libros pero ignoraban a los lectores.

Como correspondía a una escuela símbolo, construida con columnas monolíticas de granito en homenaje al General del Desierto, que conquistó millones de hectáreas para los de su clase y se transformó él mismo en un gran terrateniente, la despedida de los egresados se programó con bombos y platillos, paseo a un recreo-restaurante delTigre.

Que fueran los que pudieran pagarlo. Diez pesos de 1944, cuando el diario costaba diez centavos y un albañil ganaba cinco pesos por día. Yo soñaba con conocer esos riachos loados por Marcos Sastre en el Temple Argentino. Durante meses eché en el buzoncito de la alcancía cuanta moneda caía a mis manos. Pero el cartero había retirado toda la correspondencia. Mi viejo encontró recursos para cigarrillos después de escolasearse hasta su último mango. En los parques de la ciudad confraternizaban los egresados de escuelas menos monumentales. ¿A quién podía quejarme? De los cuarenta del grado, diecisiete consiguieron disfrutar del Tigre.

Y el maestro que tanto apreciaba mis composiciones, me las hacía leer a las autoridades que visitaban el aula, se abstuvo de contradecir a mi madre sobre la escuela secundaria que me convenía. Como el ingreso al Industrial era muy disputado,

aprovechó la oportunidad de engrosar con uno más el curso pago que dictaba en su casa durante el verano. Cada uno se la rebuscaba como podía y a falta de aguinaldo...

Desde el Centro fui a parar a Barracas.