
Del dicho al hecho
Los trenes suburbanos de transporte de pasajeros son indispensables, y su servicio debe mejorar hasta hacerse digno de las personas trabajadoras que los utilizan. Los de larga distancia, que dan pérdida en todo el mundo, exigirían una inversión mucho más importante, pero se evitarían infinidad de muertes producidas por la congestión vial, y las ingentes inversiones necesarias para adecuar las rutas al crecimiento del tráfico. Las actuales vías férreas no se adecuan a una velocidad lógica , 80 a 100 km por hora , y los pobres pasajeros, o mejor dicho los pasajeros pobres, que son los únicos que lo usan, sufren demoras inadmisibles. Salvo algunos tramos muy específicos, debeberíamos comenzar activando el tráfico de cargas, que sólo requiere reparar las vías. Agregar material vial, vagones playos y locomotoras. Dotar de contenedores y grúas (o dispositivos de carga a granel para cereales), a una parte de las estaciones y de motocargadores a otra. El movimiento en camiones se limitaría a los trayectos hacia y desde estaciones dotadas de rampas y dársenas de carga, a lo máximo 40 a 50 km. El ahorro de costos, la disminución del uso del combustible, de la importación de vehículos e insumos, reduciría la emisión de gases y, además, contribuiría a reducir los accidentes viales. ¿Llegará el día en que veamos reabiertos y adecuados a las modernas tecnologías los grandes talleres ferroviarios que supo tener América Latina?
Viajábamos a las termas de Río Hondo en tren con camarote hasta Santiago del Estero, mi abuela, mi vieja, mi hermanita, todo el gineceo familiar protegiéndome. Pasábamos más de un día en el camarote, liquidando las vituallas prolijamente acomodadas en canastos, a más de algún café con leche en el coche comedor, y los manjares regionales que multitud de vendedores ofrecían en las Estaciones. Nos regocijaba un pintoresquismo desconocido en la gran ciudad. No recuerdo haberme cansado, la vida en el camarote y lo que veíamos resultaba por inusual, muy interesante. Luego el ómnibus que al par de horas nos dejaba en
Las Termas, y el descubrimiento de la pieza de ladrillos con cielorraso de cañas, que la abuela alquilaba en alguna casa humilde, eso sí con bañadera de cemento para la inmersión.
Durante muchos años el mejor viaje a Mar del Plata era el ferroviario, seis horas exactas, en cómodos sillones, y la posibilidad de hacer una caminadita por el pasillo, o ir al baño cuando a uno se le ocurriese.
A veces viajábamos en micros porque era más barato, 9 ó 10 horas inmóviles en asientos incómodos, y los continuos sacudones en los caminos de tierra, reducían mi inquietud infantil a desagradable prisión.
Por suerte, como mamá trabajaba durante la temporada en el hotel de los abuelos, solo era un viaje de ida y uno de vuelta. En micro, porque en tren lo hubiera hecho mil veces.
Ya adulto me ocupaba de una usina láctea en Entre Ríos. Todavía no existía Zárate-Brazo Largo, el Túnel subfluvial, ni estaban pavimentados los caminos a Concepción del Uruguay desde Ibicuy y Paraná. Las peripecias para llegar y volver eran increíbles, nos quedábamos varados hasta dos o tres días. Cada quincena antes de emprender el viaje nos asaltaban las pesadillas. El único remanso de paz nos lo regalaba el tren. Cuando conseguíamos llegar a Basavilbaso, ocupábamos un camarote en el Libertador a las seis de la tarde, cenábamos, dormíamos, y a las nueve de la mañana siguiente, limpitos y descansados, llegábamos a la Estación Federico Lacroze, para retornar a la tarea.
A veces viajábamos hasta Rosario en el cómodo y eficiente tren pullman que tardaba cuatro horas, y desde el aeropuerto de Granadero Baigorria, una avioneta a un precio módico nos depositaba en Victoria (E.R.) para que nos arreglásemos como pudiésemos.
Por último, recuerdo los viajes por trabajo a Córdoba en tren con camarote, que teóricamente debía durar 12 horas, desde las 9 de la noche alas 9 de la mañana, ya en plena decadencia del servicio se demoraba hasta 3 horas.
Me lo tomaba con filosofía como un descanso, llevaba un par de libros, a mí me gusta leer tirado en la cama. ¿ Estoy añorando el pasado o un proyecto de futuro?

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